lunes, 17 de diciembre de 2007

Pues nada, que aquí están otro texto y un mini

Este escrito tiene un final alternativo que propondremos más adelante. Después de leerlo, seguramente más de uno imaginará cómo podría ser diferente. Por lo mientras compartamos este momento.


El Parque
Sergio Pérez Portilla

Tomo del perchero mi gabardina y mi boina, y ayudándome de mi bastón, sin pretextos ni rodeos, salgo a caminar. Sé a dónde voy, pero me engaño en el camino, como queriendo convencerme de que no soy capaz de llegar, capaz de creer. Cada paso me aleja de mi hogar y me acerca al viejo parque. El sol de hoy es tímido, unas veces es como un niño regañado y otras como un león rugiendo, pero hoy es tímido. Doy la vuelta y empiezo a escuchar las risas de los hijos, los gritos de los padres, el agua de la fuente… No quiero atreverme, pero me conozco, sé que no me engañé, sé que sí soy capaz de llegar y de creer. Al fin logro divisar los árboles, los más grandes y viejos. Luego está la fuente que ya había escuchado, y después las bancas. No busco, sé cuál es la que me espera, sé cuál es la que me espera como siempre.
Dudo. No sé si deba sentarme, o simplemente quedarme ahí junto a ella, parado. Al fin, mis piernas me convencen de la primera opción. Lo hago y coloco el bastón a un lado, pero al momento lo tomo. Sé que es el nerviosismo, así que lo vuelvo a dejar. No quiero ver la hora, pues el tiempo es el más grande mentiroso: puede por fuera y para los demás correr con celeridad, pero por dentro es tan lento que mata poco a poco, y hoy no quiero morir. Veo a mi izquierda y a mi derecha pausada pero incesantemente, discreta pero tajantemente. Nadie va a venir hoy tampoco.
No sé en realidad cuánto ha pasado, pero el sol ya no está sobre nosotros, más bien se aleja y se lleva su luz, así que decido regresar. En el camino, una gota toca mi brazo y una más acaricia mi mejilla. Ahora llueve. Llueve, pero no me importa, siempre me ha gustado sentir cómo encuentran descanso las gotas en mí después de haber andado distancias tan largas. El camino parece el mismo, pero no lo es, porque ahora cada paso que doy me acerca a mi hogar y me aleja del parque, del viejo parque donde nadie llegó.






Y aquí está el de los pequeños:


De vuelta

Sergio Pérez Portilla
Al acercarse tu ocaso volteo hacia arriba y veo cómo la tarde muere contigo. Cuando llorabas el día lo hacía contigo. Hoy feneces y te llevas toda luz. ¡Oh, hermano, hermano pero no de carne! ¡Oh, amigo, amigo de verdad! ¿Vendrás con el alba?


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