lunes, 20 de agosto de 2007

Un pequeño cuento, que me gustó, sí, me gustó.

La casa
Sergio Pérez Portilla

No faltó, en realidad, nadie de los que debían venir, pues quienes estaban no eran sólo aquellos que podían, sino aquellos que quisieron, y queriendo, llegaron a ver a su amiga, su compañera, su sonrisa y su pan. Cada vez que se escuchaba el timbre, los que estaban dentro se miraban entre sí como preguntándose, y volteando como si no quisieran saber la respuesta. Quien llegara era bienvenido, así fuera el amigo fatuo o el pueril, la amiga que entendía lo lúdico de todo momento, o la que pensaba de más, y de más se consumía. Pero allí estaba en un lado del cuarto ella, la que los había convocado, la causante de aquella improvisada reunión. Las cosas nunca salen bien cuando se planean, solía decir, por eso era mejor improvisar. Improvisó siempre, improvisó sus caricias, sus sonrisas, sus enojos, e improvisó incluso su razón.
Afuera, afuera estaba el sol. El sol nunca sabe nada, nunca sabe de alegrías o de tristezas. Es testigo que no habla, ojo que no ve, luz que prodiga calor y cela su tiempo, es el eco de las voces, pues nunca retiene nada de los otros para sí y todo lo regresa una y otra vez. Y con él, la calle y los autos. Y con ellos, las personas que no debían venir, las que aun sabiendo no habrían venido, y aun queriendo, no habrían encontrado la justificación, ninguna justificación.
Después de las seis ya no llegó nadie. Todos los que debían venir, ya estaban adentro.

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