domingo, 9 de marzo de 2008

Día de la mujer

Un texto publicado en la página dominical de Concilio, elaborada por el Seminario arquidiocesano de Xalapa en el Diario de Xalapa, el día 9 de marzo de 2008 y con motivo del Día de la mujer. Le mando un saludo, un abrazo y una felicitación a todas las mujeres.

¿Detrás de un gran hombre?
Sergio Pérez Portilla

Durante mucho tiempo, la mujer ocupó un lugar secundario en la humanidad. Nuestra cultura occidental le confirió, aunque no desconocemos los clanes matriarcales, un silencio y una debilidad que no son realmente suyos, mas como toda mentira que se dice mil veces y se termina por creer (Goebbels), muchos terminamos creyendo que la mujer era el sexo débil y que su voz no tenía valor, que no hacía falta escucharla. La llamada ley del péndulo se dejó ver, y a mediados del siglo anterior surgieron movimientos feministas que exigían revalorar el papel y el lugar de la mujer en la sociedad. Se logró mucho con ellos, pero también se cayó, en algún momento, en el extremo: la mujer debe regir, porque es más prudente, porque madura más rápido, porque…
La búsqueda que hoy debemos sustentar, teórica y prácticamente, es la del auténtico ser de la mujer, ni quitarle su dignidad y con ella sus derechos y deberes, ni concederle un lugar que no le corresponde al darle razón en todo, aceptar todo lo que piense y diga como si fuera palabra absoluta de verdad. Hoy debemos buscar el ser verdadero de la mujer, escuchando su origen en el eco de su actuar y atendiendo su destino en sus anhelos más profundos, y esta búsqueda debe partir de la naturaleza misma que ha dotado a la mujer con un todo que resulta complemento exacto del hombre. Pero no estamos hablando de la mujer en función del hombre, si así lo hiciéramos cabría entonces la doble implicación, es decir, hablar del hombre en función de la mujer. Pero no lo hacemos, tan sólo hablamos así para referenciar la equidad misma entre los dos. Por lo mismo, podemos decir que la mujer resulta complemento preciso del hombre y de los hombres, entendidos éstos como todos los hombres y como todas las mujeres. Y esa equidad y esa naturaleza de relación son dadas, desde el punto de vista cristiano, por su Creador.
La mujer, entonces, está constituida en todo su ser como complemento de los otros, pero es por lo mismo guardiana de ellos, a la vez que administradora de los bienes que la creación ofrece a la humanidad. Aún así, a la mujer le corresponden una vocación y una dignidad específicas. Sólo la mujer puede ser madre, con todo lo que esto sugiere: recepción del óvulo fecundado, transmisión de vida a esta vida nueva personal pero necesitada, a través de su misma sangre y su mismo alimento, alumbramiento que une más a madre e hijo de lo que podría separarlos, y a partir de aquí, donación de sí misma para que el otro, independiente por naturaleza, sea independiente de hecho. Pero el don de ser madre no excluye otros dones, pues la mujer puede consagrarse como mujer a sus hermanos, incluso al mismo Dios. Todo ello es loable. Y dichas vocaciones se ven perfeccionadas por la dignidad propia, por la humana grandeza que es ser mujer.
Celebrar a la mujer en sí en un día es símbolo de la celebración que se debe tener todo los días, pues felicitarla en tal ocasión no excluye hacerlo en otras.
Por último, sólo nos resta decir que no estamos de acuerdo con la vieja sentencia que dice que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer. No, ella no tiene por qué estar detrás, sino a su lado. No le corresponde ir en la vanguardia pero tampoco en la retaguardia. Le corresponde ser compañera. Su voz merece ser escuchada porque es mujer, no porque goza de cierta posición socioeconómica, o política incluso. Su voz vale porque es digna de por sí. No es débil, en muchos aspectos es tan fuerte como el que más, y es tan valerosa como pocos. No, detrás de un gran hombre no debe haber ninguna mujer.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Desde mi banca

Viajero
Sergio Pérez Portilla

Derribé la mitad de mis creencias y destruí un tercio de mis recuerdos, y por la noche guardé en una bolsa las hojas y los sueños, todo con la intención de volver a empezar. Caminos agrestes pueblan los mapas. No me importa. Recorreré lo que deba recorrer, pues voy confiado, y sé que en mil años seré recordado. A veces me cansaré, pero sacaré de la bolsa, que colgué en mi hombro, un sueño y una hoja. El sueño iluminará el camino y mi rostro, la hoja recibirá mis nuevos recuerdos.
Todos los días veré mis manos, y cuando estén tristes las besaré como mi madre besaba mi frente. Cada tarde me comprometeré con el sol poniente, haré una cita con él para cuando regrese. Y cuando llegue al final del viaje, saludaré a todos los que estén esperándome, les daré un fuerte abrazo, una cálida sonrisa, y sabré que todo valió la pena.

martes, 4 de marzo de 2008

Nuevo reproductor

Aquí está un nuevo reproductor. Contiene los cantos que hemos estado grabando. ¡Disfrútenlo!

domingo, 2 de marzo de 2008

SECCIÓN

¡Hola!
Esta entrada es sólo para informarles que tendremos una sección de nombre ¿Sabías que..., en la que, como su nombre lo indica, habrá una serie de datos curiosos (tomados en su mayoría de revistas como Muy interesante, Conozca más, o de fuentes populares) y de vez en cuando notas un poco más abundantes sobre temas de actualidad.
El objetivo es compartir conocimiento, no más. La sección se encuentra en la barra lateral.
Les agradezco nuevamente que sigan leyendo este blog.
¡Muchas gracias, y estamos en contacto!
ATTE. Sergio Pérez Portilla.

Familias

Este escrito fue pensado en primer lugar para Concilio. Ahí no fue publicado, pero lo comparto desde aquí para todos ustedes, agradeciéndoles que me hagan parte de su familia. Una versión con enfoque cristiano, al parecer, será impresa en la revista Mensaje, del SAX. Yo les aviso si es publicado. Por cierto, ¡que vivan las familias, y que viva mi familia!

La familia, fuente de vida
Sergio Pérez Portilla

Todas las familias son diferentes y, sin embargo, todas contienen en sí características propias que las hacen ser tales. Son tan diferentes como distintas son las personas, hombres y mujeres, que conforman a todas y cada una de ellas, pero todas cuentan, a la vez y por el mismo hecho de ser humanos reunidos y relacionados externa e internamente, con un alto grado de semejanza. Para los cristianos, la proyección de los individuos en la familia se ve enriquecida por la semejanza del hombre con Dios, resultando la familia también un reflejo del Dios comunidad.
Todos los ámbitos de desarrollo humano –social, económico, político y religioso– coinciden en decir que la familia es el lugar preferencial del sano crecimiento de hombres y mujeres, siendo un crecimiento holístico. Es por esto que existe una imperiosa necesidad de fortalecer la estructura familiar y perfeccionarla, buscando evitar, por otro lado, reducirla o abaratarla.
¿Qué es una familia? De inmediato se piensa en un grupo de personas que están relacionados entre sí. Existen grupos ocasionales o temporales, la distinción con la familia es que ésta se trata de un grupo permanente. Son personas relacionadas entre sí, pero si bien la máxima relación que entendemos como familia es por la consanguineidad, no es completamente exclusiva, aunque tampoco excluyente.
En todos los ámbitos de desarrollo arriba mencionados se habla de familias, lo cual es válido aunque al mismo tiempo hace multiplicar la idea que tenemos sobre familia, pero más bien debemos entender cómo la única familia actúa en esos ámbitos. Nos centramos, pues, no en la familia, o comunidad, que hacemos en el trabajo, en el gusto político, o en otro, sino en la básica, la que generalmente conocemos como comunidad de padre, madre, e hijo o hijos. Añadimos, claro, parientes de segunda o tercera línea, y no nos limitamos al parentesco de sangre únicamente porque el padre es verdadera familia para la madre, y viceversa, y entre ellos no existe relación de sangre. Ya ni hablar de los hijos adoptados o algunas otras situaciones propias. La relación se establece en el amor, no entendido únicamente como afectivo, pues se necesita también de un amor efectivo, sino en un amor pleno.
¿De dónde viene la familia? Proviene del anhelo profundo de todo hombre de ser pleno a través de la comunión espiritual y material (no son meramente opuestos) con los que son como él, proviene de la naturaleza misma de los hombres, pues el hombre es uno consigo pero también uno con los demás. Ser familia está inscrito en el corazón y en la mente de todos los hombres, pero esto no la reduce al instinto, sino a la necesidad que, solventada, hace feliz al necesitado.
¿Hacia dónde se debe dirigir la familia? La familia debe dirigirse a la perfección, es decir, a la comunicación, a la relación y a la unidad perfectas, a la vida consagrada por y para el otro, al esfuerzo ilimitado en su limitación, al ser y hacer en y para el otro con desinterés verdadero. La familia está llamada a ser proyección del hombre, complejo, digno y trascendente, y reflejo también de todos los hombres que habitan este mundo.
No desconocemos las situaciones no gratas en las que muchas familias se encuentran, pero recordarles su identidad más profunda podría darles una luz, un motivo, un pretexto que las lleve a buscarse a sí mismas, defenderse ante los embates que desean su disolución, y alegrarse porque son fuente de vida, de verdadera vida.

martes, 26 de febrero de 2008

Seremos

Creerás
Sergio Pérez Portilla

Será por la mañana, cuando la aurora nazca. El deseo será nostalgia y la nostalgia vendrá acurrucada en el viento, y la hoja tocará el suelo antes de saber que se ha desprendido de la rama.
Será hoy, siempre será hoy. Ahora mismo noto que nunca es ayer, nunca mañana, siempre es ahora. La gélida ansiedad se verá sometida por la suave realidad del fuego que no consume, por el cenit, por la fuente.
Será como cuando fuimos, pero no como somos. Así será. Me reconocerás y te reconoceré, por si es que te olvidé, por si es que estuviste conmigo hasta el último momento. Me reconocerás y me preguntarás cualquier cosa, menos dónde, menos cuándo. No habrá esas coordenadas, no habrá sitios, espacios, horas, instantes.
¡Qué extraño, justo así me siento cuando estoy contigo aquí!

...

La terminal
Sergio Pérez Portilla

La hora que marcaba el boleto se acercaba, y los nervios hicieron que las manos le sudaran. Gente entraba y salía por los andenes; las televisiones eran vistas por los adormilados y los más despiertos volteaban y hablaban y volvían a voltear. Apenas salía el sol, y el reloj de dígitos rojos marcaba las 6:45. Ella esperaba junto a un pasillo desde el que se veía a la calle, y desde él vio a un joven que bajaba de un taxi y volteaba hacia adelante, donde se detenía un segundo carro de alquiler y bajaba una joven, delgada y alta. Ambos sonreían y se saludaron con un beso corto. Volteó a la fila de las taquillas y vio a una señora que, supuso por la distancia, preguntaba por un destino que no estaba en los letreros de avisos; en otra, un anciano guardaba una credencial y unas monedas; una tercera estaba fuera de servicio, y en otra los jóvenes recién llegados adquirían sus boletos.
Faltaban diez minutos para las siete, y escuchó el aviso de su autobús. Tomó su maleta, de esas que tienen unas pequeñas ruedas y que sirven para el interior de la terminal porque tienen amplias superficies, pero son un verdadero estorbo para caminar, y se dirigió al acceso que llevaba a los andenes.
Ella se fue, pero quedaron cientos más viendo, escuchando, volteando, y esperando por su autobús.

jueves, 21 de febrero de 2008

Escrito

El jardín
Sergio Pérez Portilla

Las hojas caían a nuestro alrededor volviendo al suelo una alfombra natural, crujiente, ocre. El viento se encargaba de darles volteretas en el camino y, a veces, llevarlas más allá, a donde nadie lo hubiera imaginado. Esa mañana el cielo se vistió únicamente de azul, y se adornó con el majestuoso sol y se perfumó con la brisa que nacía de las entrañas de los pinos y de las palmas, y de esa haya magnífica, y de cada uno de los arbustos y sobre todo, claro, de las flores: dalias, floripondios, lantanas y orquídeas, entre mil más.
Habíamos visto el estanque con los minúsculos peces y las minúsculas hojas que poblaban entrañas y superficie, respectivamente, y ahora estábamos sentados. Acabábamos de leer al teólogo de lentes y de barba y reflexionábamos con seriedad. Una hoja cayó en el libro y tú dijiste que ya la esperabas y sonreíste, aunque no tanto como cuando abrazamos al viejo árbol que nos regalaba sus sueños y sus cabellos.
Por último, corrimos como niños, como locos, alegres y despreocupados. Estoy seguro de que fue un gran día, y sólo he tocado a tu puerta para pedirte que vayamos juntos, de nuevo, al jardín que nos recibió y nos contó parte de su vida, de sus anhelos, de su intimidad y de sus visitantes. ¿Vamos?

domingo, 17 de febrero de 2008

Historia

Sonrisas
Sergio Pérez Portilla

Hoy los vi, iban tomados de la mano y sonriendo, como un par de enamorados. Guiaban, o mejor dicho, eran guiados, por un pequeño perro blanco y negro, como los televisores de mi infancia, como ceniza entre nubes.
La noche recién comenzaba y no había indicios de lluvia, y el bochorno que se sentía alegraba la calle y las casas, además de los árboles que eran movidos por un aire del sur.
Los conocí el año anterior, los conocí como no da gusto conocer a nadie: tu partida me los presentó. Esa mañana me enteré que habías decidido emprender un camino diferente, aunque quizá sólo apuraste el que de todos modos debías andar, pero ni te culpo ni te olvido, aunque me pesó no haber hecho más, no haberte conocido más, escuchado más. Fui a tu casa acompañado y acompañando, y después de esperar tras tocar el timbre, lo vi a él. Luego, al preguntarle por ti, su cara no sonrió y pidió un momento. Ella abrió la puerta, y tampoco sonreía.
Palabras faltaron y sobraron, la hora fue inconveniente, pero más lo hubiera sido un poco más o un minuto después. Más tarde, salir, salir de ahí acongojado, reflexionando, buscando preguntas para las respuestas que ya estaban con nosotros.
Habíamos prometido volver, y así lo hicimos, un par de ocasiones los volví a ver, con la misma mirada esquiva, a ratos sobre tu fotografía, a ratos sobre el piso…
Luego ya no volvimos, aunque un par de veces me parece que lo vi a él, y quizá una vez a ella.
Pero hoy, hoy los volví a ver, a lo lejos, sí, pero juntos, como de seguro los quisiste ver siempre. ¡Y sonreían! Hasta yo sonreí al verlos, y sonreí al ver cómo ese pequeño perro les insistía ir por un camino no marcado. Hoy vi a tus padres y pensé en ti. Imaginé que ibas con ellos sonriendo, bromeando. Volví a pensar en ti, te recordé, y sonreí contigo.

Este pequeño escrito está dedicado a Yurietel, a quien tuve la oportunidad de conocer a través de un grupo de Iglesia. El año anterior se adelantó a todos nosotros. Era muy joven, casi una niña, y así la recuerdo.

Artículo

Este escrito fue publicado, como otros anteriores, en la página Concilio del SAX en el Diario de Xalapa (ver link en el costado). La fecha de salida es la de hoy.

¿Cuál es el camino?
Sergio Pérez Portilla

Es innegable que existen ciertos actos humanos que no gozan de plena aceptación, aun cuando podamos establecer puntos que aminoren la carga de responsabilidad que en sí tienen dichos actos. Es decir, no podemos negar que hay actos buenos y malos, por lo que se hace necesario, y a todos atañe, el reflexionar sobre el bien y el mal, y actuar en consecuencia de dicha especulación.
Hablar de bien y mal a muchos parecerá infructuoso, sobre todo porque el mundo actual es lo suficientemente relativista como para aceptar que existe una regla de oro que haga concordar las acciones de todos los hombres; pero cuando observamos con detenimiento los resultados de las decisiones individuales o políticas y sus efectos –los inconvenientes, por supuesto– en el mismo individuo y en la sociedad, se ve esa necesidad que arriba planteábamos: debemos preguntarnos qué es el bien y qué el mal.
El bien es siempre aquello que realiza al hombre, que lo hace ser precisamente humano, y el mal es lo que actúa de forma contraria. Parece que este acercamiento bien puede proponernos un guión.
En la antigüedad el bien era concebido como lo artístico y, por extensión, con el artista, sea cual fuere su profesión, porque se creía que la técnica era lo que realizaba a los hombres: de aquí el famoso virtuosismo, el decir que cierta persona ha nacido para ser músico, o pintor o jardinero o zapatero y para nada más. Y seguimos en la misma línea primera, pues se trata de que el hombre haga lo que le corresponde hacer. Mas no sólo es lo que le corresponde hacer, sino también lo que le corresponde ser. Por esto se pensó en otro tipo de bien. Ya no era la realización del hombre crear de acuerdo con un genio propio, sino haber sido creado, y por tanto actuar desde aquí, de acuerdo con un modelo, con una idea, y mientras el hombre respetara esta naturaleza, actuara conforme a la idea que su creador había tenido, entonces actuaba bien. Aquí encontramos a Platón y a san Agustín, por ejemplo.
El bien resultó estar en un nivel práctico, primero, y luego en uno ontológico. Pero éstos no agotan al bien, pues incluso hemos dicho antes que nos referimos a los actos humanos, y éstos se encuentran en el plano ético, y este plano se encuentra en el ámbito antropológico. No queremos ser relativistas como el mundo en el que vivimos, pues no vamos a decir como Protágoras que el hombre es la medida de todas las cosas tal como hoy se quiere entender, pero sí que en él se encuentra su misma realización.
La contraparte del bien, el mal, se ve también reflejada en los dominios mencionados, pues hay males físicos, naturales, lógicos, ontológicos y morales. Algunas veces estos males son llamados sencillamente errores. El mal que nos concierne en estos momentos es el moral. Cuando hablamos de actos moralmente malos, éticamente malos, entendemos inmoralidad y por tanto desviamos nuestra mirada a la religión, como diciendo que son sermones de viejitos, pero debemos recordar que la religión tiene su sustento en el hombre mismo y en su sociedad. Es decir, la religión, sea cual sea, responde a los anhelos que todo hombre contiene en su interior.
Ahora bien, el mal será lo que no deja al hombre realizarse en ninguna de sus dimensiones: biológica, psicológica, social y espiritual. Si algo daña la corporeidad del hombre, eso es un mal. El cuerpo es más que un constitutivo del hombre, es el hombre mismo, pues el cuerpo sin alma no es hombre, ni el alma sin cuerpo lo es. Por eso el hombre es unidad alma-cuerpo, más que unión de alma y cuerpo. Si algo daña la psicología humana, las facultades del alma, también es un mal. Si existe un acto que no tan sólo debilite sino que imposibilite o rompa el lazo natural de relación humana, ese acto bien puede ser juzgado como malo. Por último, si podemos encontrar un tipo de acciones y decisiones que hagan al hombre enterrarse en su aquí y ahora, y hacerlo olvidarse de que en él existe la imperiosa necesidad de trascender y trascenderse, también debemos ser cautos y críticos, discerniendo qué hacer y qué no. Todos estos males deben ser vistos con objetividad, ni con extremismos ni con laxismos.
A todos atañe, pues, reflexionar acerca del bien y del mal, porque son dos caminos diferentes, el primero lleva a la realización del hombre, y el segundo a su frustración.

martes, 12 de febrero de 2008

Escribo...

Si me esperas
Sergio Pérez Portilla

No tengo una botella donde meter mi carta, la carta en la que te pido que vengas a rescatarme, en la que suplico que voltees hacia este lado de la ciudad. No tengo una botella, ni siquiera el corcho que la cierra, ni siquiera el vino que podría tomarse de ella, ni siquiera la ola que la llevaría de un lado a otro en el suave vaivén de espumas y piedras. Pero sigo escribiendo, y lo hago unas veces por necedad, otras por capricho, unas más por necesidad y otras porque el olvido, el mismo olvido de siempre, soslaya las dudas del acaso me leerá.
La playa está desierta porque no estás, porque faltas, no porque no haya nadie más; la arena guarda la mitad de tus huellas, y el viento levanta a lo lejos papalotes y aves por igual, mientras el horizonte devora al sol y lo hace sangrar.
Hoy regreso y no quiero volver sin echar mi carta al mar, ¡pero no tengo la botella! ¿Qué haré entonces?, ¿cómo arrojarla sin el miedo de verla corromperse?, ¿cómo aventarla desnuda y sin futuro? Tiemblo. Es tuya, es por ti y para ti. Hoy regreso.
Guardaré en mi bolsillo la carta en la que te pido que vengas a rescatarme, la guardaré hasta encontrar la botella, el corcho, el vino y la ola…

lunes, 11 de febrero de 2008

¡SALUDO!

Hola, les mando un saludo enorme. Esta entrada es sólo para comentarles que he decidido cambiar la imagen del blog. Espero que sea del agrado de todos, pueden comentarlo en este espacio, y pues, ¡a seguir compartiendo!
¡Muchas gracias!
Atte. Sergio Pérez Portilla

domingo, 10 de febrero de 2008

Otro vespertino

4 minutos
Sergio Pérez Portilla

Mis párpados se han vuelto una lucha perdida, rendidos caen y no se vuelven a levantar. Mis pensamientos siguen por unos momentos más, y en ellos vislumbro la cordillera que nunca he visitado, el aire que nunca he respirado y el agua que siempre he visto retornar al cielo después de bañar la tierra. Vago por segundos eternos, ambulante palabra contenida en mí, expresada, escuchada y vuelta a contener en otro, peregrina nostalgia que debe desaparecer.
Cada bifurcación me obliga a decidir después de obligarme a parar. Unas veces la derecha, conservadora y seria; otras la izquierda, aventurera y diferente, pero no me detengo, sigo avanzando y al voltear atrás sólo hay neblina. Adelante un precipicio, ¿podré saltarlo? ¡Claro que sí! No hago nada más que desearlo y estoy del otro lado. Ahora ya no estoy solo, pues escucho música, risas y…
Volteo mi cabeza, extrañado, y miro el reloj de la pared. Tan sólo han pasado…

lunes, 4 de febrero de 2008

Nada

Pues volvemos a traer el podcast con otro canto. Se llama "Nada". Son cuatro los cantos que hemos compartido, aunque en la lista pareciera que sólo son 3, sólo hay que bajarla. Agradecería mucho sus comentarios en todo el blog y especialmente en este apartado.





Artículo

Este artículo fue publicado en la página Concilio, del SAX, en el Diario de Xalapa, el domingo 3 de febrero.

Candelas y cenizas
Sergio Pérez Portilla

El hombre es un ser que por su misma constitución se relaciona: con sus congéneres, con el mundo que habita y con Dios. Con cada uno de ellos actúa de manera propia, pero con todos dialoga: tiene un diálogo fraterno con los que son como él; un diálogo señorial con el mundo en el que vive y al que debe cuidado, y un diálogo filial con el que le ha dado vida. Este último diálogo lo hace desde la certeza de la fe, certeza que a su vez lo hace celebrar. Esta celebración es la liturgia.
Dentro de la liturgia cristiana vemos que se ha celebrado ya la fiesta de la Presentación del Señor –2 de febrero–, llamada tradicionalmente también fiesta de la Candelaria, y también notamos que se está a poco de comenzar el tiempo cuaresmal. Éste da inicio con el Miércoles de ceniza. La presentación del Señor, en cuanto fiesta de las candelas –o luces, velas–, recuerda e invita a vivir el momento en el que Jesús de Nazaret, a los 40 días de nacido, fue llevado al Templo, y ahí un anciano de nombre Simeón habló de él llamándolo “luz que ilumina a los pueblos” (Lc 29-32). El totalmente Otro engendró en la eternidad, como expresión de su pensamiento, su Verbo, y ese Verbo se encarnó, renovando, descubriendo e incluso rehaciendo el diálogo filial. Por eso ilumina a todos los pueblos, a todos los hombres, pues todo logos ilumina a quien lo escucha, y este logos encarnado no ha sido la excepción. Por extensión, el hombre responde con su logos propio al hombre mismo y a su mundo, haciéndose a la vez luz entre los hombres y luz para el mundo. Tal es el camino y la misión de todos los que han escuchado el logos divino: transmitirlo y ser luces junto con la Luz.
En nuestros pueblos la fiesta de la presentación adquiere los matices de la que lo ha presentado, por eso se celebra a la Virgen de la Candelaria. En Tlacotalpan, por ejemplo, están de verdadera fiesta, una gran fiesta.
De la misma forma estamos a unos días de iniciar la Cuaresma, la vía que lleva a la Pascua, siendo ésta la fiesta que dirige la fe cristiana. El tiempo cuaresmal da inicio con el Miércoles de ceniza, ese miércoles en el que se puede ver al pueblo católico haciendo a veces largas filas para dejarse im-poner en la frente o en la coronilla una cruz de ceniza, como recuerdo de su vida frágil pero no pobre, limitada pero no inútil, peregrina pero no sin sentido, con los pies aquí y ahora pero con los ojos abiertos al mañana y al allá. Esa es la vida del hombre, esa es la vida que se le recuerda. No se le condena, no se le pide que sufra, no se le recrimina. Se le pide que se levante de sus caídas, que se ponga de nuevo en camino, que ponga todo su empeño y toda su confianza en su andar. Uno de los hechos que fundan la Cuaresma son los 40 días de Jesús en el desierto, lugar donde permaneció en la aparente soledad, pues en realidad mantuvo un diálogo consigo mismo y con Dios; lugar donde fue tentado –como todos los hombres– con el poder fácil, con la riqueza rápida, con la vanagloria. Rechazada toda tentación da comienzo a su ministerio público. Es, pues, un tiempo de interiorización, de diálogo con nosotros mismos que nos encamina al diálogo filial y nos indica el diálogo fraterno.
Entre las candelas y las cenizas nos encontramos, entre las velas de los que acompañan al niño al Templo, o entre las caras reflexivas que acompañan al hombre al desierto. Entre candelas y cenizas, pero siempre con la apertura al diálogo, el diálogo que hace que no enloquezcamos, que no nos en-ajenemos, sino que nos conozcamos y complementemos.

jueves, 31 de enero de 2008

Otro de los pequeños

Circunstancias
Sergio Pérez Portilla

Róndame, róndame con tus olores y con tus palabras, con tu risa y con tu silencio, con tu hoy, con tu ayer, con nuestro mañana.
Róndame y dibuja tu sombra en la pared de mi casa, cubre con tus cabellos el sol, devora el tiempo con tu canto, y dame la eternidad de tus ojos, tus ojos oscuros en quienes me sumerjo y con quienes sueño, tus ojos para quienes veo y quienes me ven vacilar cuando pienso de más.
Róndame y llévame en tu vuelo de fantasma, en tu velo de cometa, en tu blanca sencillez y en tu misma ansiedad.
Róndame, róndame y vuelve a tu bosque, a tu mar, a tu montaña, a tu luna. Róndame, róndame musa, ninfa, brisa, hora, aceite y sueño.

miércoles, 30 de enero de 2008

De fotografías mentales

Abstracción
Sergio Pérez Portilla

Me asomé a la ventana del autobús, la del lado izquierdo, y vi el sol. Era tarde ya, por lo que el rojo de la puesta ya estaba encendido cual brasa de chimenea. Intenté tomarle una fotografía haciendo un cuadro con mis manos y un click con mi voz. Mis ojos lo retuvieron durante unos segundos y luego procesé la imagen en mi cerebro. Aguardé, paciente, para que no se velara y se perdiera en el olvido. En medio de mis recuerdos de todos los colores, brotó primero la luciérnaga en medio de la noche, luego creció y fue el sol de la tarde. Estaba ahí, tal como lo vi, por encima de los edificios y en medio de los árboles en lontananza. Sugerí un marco de madera rústica, pero uno de herrería intentaba imponerse. Ganó la madera, café, con tintes de azafrán y carbón, y me sentí satisfecho. Lo coloqué encima del buró que está al lado de mi cama, y lo observé en silencio. Volví a abrir mis ojos y el camión estaba llegando a la terminal, con sólo cuatro pasajeros además de mí. Bajé y no quise voltear atrás para contemplar al modelo, ya no, ya lo tenía conmigo, y vendría acá, adelante, a donde yo fuera, a donde yo voy.

lunes, 28 de enero de 2008

Algo más...

Perspectiva
Sergio Pérez Portilla

La vista es hermosa: la calle empedrada que serpenteando permanece estática y las farolas encendidas por la media luz, por la tenue luz; los autos que pasan veloces frente a la puerta del número 5, donde un par de mozalbetes ríen de uno más que ha caído en una broma; adentro del número 5 voces, lejanas, ajenas al bullicio, transportadas y llenas de entusiasmo. Mi puerta de madera, entreabierta, me permite esta vista. Yo, sentado en el quicio, loco y cuerdo observo, sonrío, y luego sonrío más y observo más, luego observo menos y el cigarro se consume en mi mano. Oscurece tan sutilmente que no lo noto, pero no importa. La vista desde mi puerta, recargado en mi costado derecho, sigue siendo hermosa.

jueves, 24 de enero de 2008

Vespertino

Es lógico que cualquier escrito contenga un mínimo, y a veces el máximo, pensamiento de su autor. Este demuestra mucho de lo que en realidad creo.

Costumbres extrañas
Sergio Pérez Portilla

No me gusta agradecerte por tus caricias ni por tus detalles, mucho menos por tu mirada diáfana. No me gusta agradecerte porque empobrece el momento: mil gracias consecutivas no llegarían ni a la mitad de tus actos, mucho menos de tus pensamientos. No me gusta agradecerte porque muchas veces al no hacerlo pensarías que algo no me agradó, siendo que el asombro me deja en ocasiones con más lágrimas que palabras, con más escalofríos que movimientos, con tal afasia que parece olvido.
No me gusta decirte gracias, a veces siento que ofende la palabra, y aunque esté enamorado de ellas no siempre se visten para la ocasión.
Prefiero conquistarte cada día, susurrarte en tus labios que me matan tus caricias y tu mirada límpida, abrazarte con ternura y con arrebato alejarme de ti. Prefiero no acostumbrarme ni acostumbrarte. Prefiero ser sincero más que educado, aunque pretendo ser de ambas formas. Te prefiero a ti y por eso no puedo agradecerte, no me gusta agradecerte. Te prefiero a ti, siempre a ti.

martes, 22 de enero de 2008

Breve

Tierra viva
Sergio Pérez Portilla

Calla, hoy no hace falta que me digas nada, sólo escucha…
Soy el viento que roza tus laderas en el crepúsculo y te susurra en tus árboles. Soy el frío que te viste con albas y te baña con rocío. Soy…
Te despierto con la primavera y te arropo con el otoño, llenándote siempre de vida, vida despierta, dormida, silente, cansada, algunas veces verde y otras del color del sol, otras en el calor del sol.
Eres una entre mil, ¡no, entre miles! Pero siempre una, siempre tú, nunca ustedes, nunca nosotros. Te llamo y me respondes con mi misma voz 3, 4 veces. Te grito y me gritas, como si ni siquiera escucharas mi lamento, pero sé que en realidad me respondes con tu majestuoso porte.
Calla, calla como hasta ahora lo has hecho, y sigue escuchando…

domingo, 20 de enero de 2008

Oración...

Después de varios días sin subir nada, comparto otra vivencia-reflexión sobre la oración.

La oración, búsqueda y encuentro
Sergio Pérez Portilla

Los hombres continuamente buscamos a Dios. Lo buscamos incluso sin saber que es a él a quien perseguimos, sin saber que es él quien nos hace estar inquietos. Lo buscamos porque lo conocemos y por tanto sabemos que es en él y en nadie más en quien podemos encontrar reposo, calma, descanso, sostén, valor, amor, o porque lo desconocemos y por tanto andamos con un vacío enorme dentro y fuera de nosotros que no nos deja estar. Esta búsqueda es el comienzo de toda oración. Fuimos hechos para estar con Dios, para gozar de su presencia, pero nos hemos alejado de él comunitariamente, en primer lugar, e individualmente, en segundo. Ahora y por lo mismo lo buscamos en nosotros y en nuestra vida comunitaria. Así empieza, entonces, la oración: buscando a Dios.
Cuando lo encontramos el diálogo surge espontáneo, sin reservas: diálogo que a veces recrimina, a veces alaba, algunas veces pide y otras más agradece, pero es diálogo confiado. Poner lo que somos y tenemos en las manos del que ha creado todo, y ponernos nosotros en sus brazos añorando un abrazo eterno en el tiempo, eso es lo que brinda el encuentro, y eso es lo que brinda la oración. Ella es búsqueda, búsqueda, pero también encuentro. En la búsqueda peregrina, en el encuentro se detiene. Peregrina con un bastón y una maleta con nuestras penas y alegrías, y se detiene extasiada por la grandeza del que nos espera y sale donde nosotros para escucharnos, para escucharnos únicamente después de lanzarse a nuestro cuello y abrazarnos y llenarnos de besos (Lc 15, 20).
Búsqueda y encuentro, camino y hogar, aurora y mediodía. La oración no deja de ser silencio revelador, no cesa de ser manantial, no muere sin ser resurrección.

miércoles, 16 de enero de 2008

Ensoñación...

Estoy seguro de que todos las hemos visto, las hemos tocado sin tocarlas, abrazado sin abrazarlas, escuchado sin oírlas. Para todas las sirenas del mar negro que nos hacen nadar en lo alto para después bajar y volar en la Tierra.

Sirena del mar negro
Sergio Pérez Portilla

Titilante dama de blanco, guía de marinos y de magos, musa de cantores y de poetas, y de poetas cantores, anhelo de polvos y de sueños. Tu edad no merma tu belleza, ni la noche tu serenidad. Mientras más oscuro mi camino, más tu presencia me llena y me da seguridad. ¿Cómo perderme si te sigo viendo, cuándo decidir por otra si eres tan cierta?
Preciosa y única entre tantas como tú, sólo como tú, pero nunca tú. Hoy despierto y te veo antes de que te adentres en la luz a descansar, y antes de que mi jornada termine vienes de nuevo y me sonríes y prometes velar mis sueños.
Pequeña frente a mí, enorme junto a mí, nunca dejes de visitarme y platicar conmigo. Platícame de mis hermanos, de mis amigos que no he visto, platícame de los tiempos que has contemplado y de los amantes que te ven con nostalgia pues les recuerdas al ser amado.
Platícame, sirena del mar negro, platícame mientras sigo dormido para que al oír tu voz sueñe contigo y al despertar te piense tan mía, tan mía…

domingo, 13 de enero de 2008

Otro intento de poesía...

Arboledas
Sergio Pérez Portilla

Noto lo imperceptible de tu pensamiento
gracias a tus palabras
-y a tus gestos
-y a tus ojos

Tus manos dicen tanto de ti
tanto del sol, tanto de tu vida
-tus manos son suaves
-pero estas no

El río fluye hacia Arboledas. Nunca regresa
El mar lo espera en Arboledas. Nunca se cansa
Arboledas sueña con este encuentro, despierta con este encuentro
¡come con este encuentro!

Tus pensamientos fluyen en tus palabras
-y en tus gestos
-¡y en tus ojos!

viernes, 11 de enero de 2008

De la oración...

Reflexiones en torno a la oración
Sergio Pérez Portilla

Orar es saberse en casa. El que ora debe llegar a un momento en el que la paz y la confianza que lo inundan son tales que puede decir “estoy en casa”. Es la presencia de Dios, es la patria a la que pertenecemos de verdad, es el hogar que se manifiesta en el seno materno, en los brazos amorosos, en la mente y en el corazón perfectos, es el cielo, ahí, ahí justamente donde está el único al que podemos llamar Padre sin ningún temor, sin ninguna desconfianza, con plena certeza, ahí donde está el rostro del Creador, del que somos imagen y semejanza.

Orar es sentirse en casa. No hace falta un lugar específico, puede ser el llano de la soledad o el abismo de la frustración, puede ser el bosque de la esperanza o el mar de la tranquilidad, el que ora sabe que ahí, sentado o de pie, arrodillado, abriendo los ojos o cerrando la boca, contemplando o con reverencia manifiesta, se siente de verdad en su lugar, siente que pertenece no al entorno sino al que le habla y a la vez lo escucha, al que le sonríe y a la vez le enseña a amar, amar de verdad.

Orar es quererse en casa. El que ha encontrado su hogar, el que conoce el lugar al que pertenece, el que viviendo en oración se siente en verdad en familia, él no hace otra cosa sino desear estar ahí. Vale más un día en la presencia del Señor que toda una vida rodeado de riquezas que sólo son tales en este mundo tan cambiante y efímero. Un día en la presencia del que es el verdadero Bien hace saber que no se puede desear otra cosa que estar con él, en el corazón se arraiga y en la mente se llega al conocimiento pleno, al sentido de la vida, a la vida misma. Orar es saberse en casa, sentirse en casa, quererse en casa.

miércoles, 9 de enero de 2008

Un intento de poesía

Comparto este intento de poesía y un escrito breve. El primero es ya antiguo, el segundo es de fines del 2006.

Silencio
Sergio Pérez Portilla

¿Qué escribiré con la sangre de los árboles?
¿Qué contaré al río que nunca se detiene a escuchar?

¡No te detengas, renuévate, retoma tu vida!

Necesito silencio, pero no este silencio:
necesito el silencio que está preñado de aire y espíritu
necesito el silencio que no me da la espalda
necesito tu silencio pero también tu atención…

No tengo más plan que recordar, aunque para hacerlo debo haber vivido
No tengo más plan que vivir, aunque vivir resulta peligroso
No tengo más plan

¿Te espero, entonces?
Sí, esperaré para que me digas qué escribir, qué contar
Esperaré para que no hables y me digas qué hemos vivido, nocturnos,
noctámbulos,
para que me ayudes a recordar

Date prisa, pero no pases; y mientras llegas cantaré

Canto al aire que me salva…



Elegía de una caricia
Sergio Pérez Portilla

Tomó sus cabellos y los pasó por detrás de su oreja, acariciándola, peinándola. Ella lloraba como lloran las rosas cada mañana, y a la vez sonreía, como sonríe el niño con su cómplice. No quería amar pero estaba amando. Sus ojos decían sí, su sonrisa decía sí, sus manos apretaban el pañuelo, como queriendo matarlo. ¿Qué te hace llorar, princesa, qué te hace llorar? Esa fue la primera vez que tomó su rostro entre sus manos, su cintura, sus palabras. Esa fue la vez que el pesar los hizo estar más cerca que nunca, pues nunca más estuvieron tan cerca.


lunes, 7 de enero de 2008

Un texto más...

Este escrito se dio porque a quien va dirigido le causó desconcierto el final de El parque, y me pidió que propusiera algo diferente. Espero que sea interesante.

La banca
Sergio Pérez Portilla
para Ariadna

Lo primero que vio fue su espalda, un poco caída ya por la edad, pero ancha e inconfundible. Estaba solo en la banca, esperando como siempre, volteando a un lado y a otro, paciente en su impaciencia. Ya lo conocía, sabía que ya tenía rato ahí sentado porque acostumbraba llegar temprano a sus citas, cuando menos puntual, y solía esperar durante 20 ó 30 minutos por lo menos. Era ya anecdótico el que una vez esperó a alguien por más de una hora, y cuando estaba a punto de marcharse, en una de sus ojeadas, vio venir a su amigo. Le costó sonreírle de inmediato, pero al cabo de un rato ya estaban disfrutando de un café y bromeando como siempre. Así que se acercó esquivando a los pequeños que jugaban con sus padres una especie de fútbol en el que no había más regla que esta: el hijo siempre gana.
La sonrisa brotó imperceptible para el pensamiento pero grata para la vista. No le habló, sólo colocó sus manos en los hombros cubiertos con una gabardina café, en una especie de masaje que si bien no era para nada profesional, sí era por demás significativo. Había más de 30 años de diferencia entre el anciano de la banca y la recién llegada, pero su trato denotaba una confianza que excedía cualquier límite temporal. No hubo palabras, ni una sola, ¿para qué si con el tacto, con el olor, con la certeza que brinda la presencia se está diciendo más de lo que se puede expresar con la voz?
¿Habría pensado que nadie iba a venir? Seguramente sí. Pero en el fondo de su corazón esperaba que llegara ella, que llegaran los demás. ¿Habría vuelto a su hogar si las nubes hubieran abierto su vientre dándole paso a su sangre transparente? No, eso no, pues eso nunca le había molestado. Por el contrario, disfrutaba sentir en sus manos y en su cara la caricia de cada gota de vida.
Y ahí estaban, él sentado en la banca, feliz, y ella abrazándolo ahora, regalándole su presencia, sin interesarse en los árboles, en la fuente, en las casas, sólo en él.

domingo, 6 de enero de 2008

¡A compartir regalos!

El regalo más grande
Sergio Pérez Portilla

La mayoría de nuestros niños se levantaron hoy con la ilusión de saber “qué les trajeron los Reyes”, no todos, pero sí muchos. La envoltura y la caja hoy no sirven para nada, lo que importa es lo que viene dentro: la muñeca, el carrito, todo tipo de juegos. Y es que celebramos hoy la fiesta de la Epifanía del Señor, es decir, la manifestación del que recién había nacido. La Epifanía y la Navidad son fiestas hermanas. En algunos lugares del mundo se le llama a la Epifanía “pequeña navidad”, y en otras a la Navidad “pequeña epifanía”, esto depende de la tradición más arraigada. Con nosotros, la Navidad es más pomposa y la Epifanía aparece un poco abajo, aunque no deja de ser importante. Pero hablábamos de los regalos. Según el evangelio de Mateo, unos magos de Oriente –que luego fueron llamados reyes, resultaron ser 3 y hasta nombre recibieron, vaya, hasta sus huesos están en Colonia, Alemania– llegaron a Jerusalén buscando al pequeño rey de los judíos, pues habían visto su estrella y la habían seguido hasta esas tierras con la intención de adorarlo. Después de unos contratiempos, dieron con él, lo encontraron en una casa con su madre y al momento se arrodillaron y le ofrecieron sus regalos: oro, incienso y mirra.
Es el relato anterior el que da pie a nuestra tradición de ofrecer regalos en este día a nuestros pequeños, aunque el fundamento a veces va siendo relegado, la marca siempre permanecerá: es al niño Jesús a quien desde lejos han venido los magos a adorar y entregarle dones porque se ha manifestado a todo el mundo, se ha dado a conocer su nacimiento y, por tanto, el acontecimiento de la salvación que llega a los hombres y mujeres de todos los lugares y de todos los tiempos. También esto representan los magos, según la tradición y según las reflexiones de algunos santos Padres: la universalidad del mensaje de salvación.
Pero, ¿quién habrá recibido el regalo más grande de todos? Grande no en tamaño, claro, sino en importancia. Si lo pusiéramos en términos económicos sería el más caro, pero no vamos por ahí. Si fuera en términos de practicidad, pues el que nos sirviera quizá por más tiempo e hiciera el diario laborar un poco menos pesado. Si fuera en términos…, ¿en qué términos debemos hablar? En todos y en ninguno. En todos porque es un regalo que deberá abarcar todas las áreas en que nos desenvolvemos, pero en ninguno porque no puede estar, por lo mismo, limitado por ningún ámbito, no puede ser relativo.
El regalo más grande lo ha recibido la humanidad entera, cada uno de nosotros, el mundo mismo, la creación entera. El regalo más grande es el que nos ha dado a todos el Padre que tenemos en común, y, sin hacer distinciones, nos ha dado el único y más grande regalo, el más necesario, el más costoso, el más bello, el mejor: Jesucristo, su hijo.
Es, pues, la Epifanía una fiesta, y los regalos lo afirman: fiesta donde celebramos la manifestación del pequeño Jesús a todos los hombres. Celebramos su humanidad y su divinidad. Se recuerda su Bautismo y su primer milagro como parte de esta manifestación, pero hoy ponemos énfasis en este acontecimiento: la luz de Dios ha sido vista por todos, y este es y seguirá siendo el regalo más grande de todos.



Por cierto, siguen los vientos y el frío, ¡abracémonos más!

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sábado, 5 de enero de 2008

De ti...


Confidencia
Sergio Pérez Portilla

Me lo contó tu ventana, me dijo que sonreías y que cantabas y bailabas, me dijo que eras feliz. Que tu voz era dulce y que tus manos parecían tocar el aire. Que tu presencia no iluminaba la habitación, ¡tu presencia era la habitación de la luz! Me dijo también que cerrabas tus ojos y cuando los abrías eran siempre nuevos, vivos, eran música y silencio. Por último me dijo que al final del día siempre hablas con Dios y le agradeces que esté contigo, que es por él que eres tan plena, y que vas aprendiendo a amar y a ser libre, y luego duermes, duermes hasta que eres un nuevo día.

jueves, 3 de enero de 2008

Hoy llueve...

En estos días ha hecho mucho frío en nuestra ciudad, el viento ha movido árboles, casas e ilusiones. De vez en cuando una brisa se vuelve llovizna, y la llovizna lluvia. Para ella escribo hoy.

Pequeña lluvia matutina
Sergio Pérez Portilla

Imagina que eres el mar, pequeña lluvia matutina, imagina que eres el mar. Levántate sobre las rocas y extiéndete por todo el horizonte.
Imagina que eres el río, pequeña lluvia matutina, imagina que eres el río. Susurra con las aves y con las mariposas mientras corres por tu cauce.
Imagina que eres manantial, pequeña lluvia matutina, imagina que eres manantial. Acaricia el seno de las montañas y encuentra el camino que te lleve a la luz.
Imagina que eres lluvia, pequeña lluvia matutina, imagina que eres tú. Canta con la aurora, canta con amor. Cántame con la aurora, cántame con amor.

miércoles, 2 de enero de 2008

La primera participación

La primera entrada de este 2008 es un relato breve. Claro está que antes debemos pronunciarnos por los buenos deseos para todos, esperando que este año sea para todos de alegría y paz, de verdadera bendición.

Entre sueños y recuerdos
Sergio Pérez Portilla

¿Sabes? Hoy desperté y tuve esa misma sensación de vacío. Hubiese preferido seguir soñando con la cabaña y el café, con el ruido de la montaña y el río a lo lejos. A veces soñar nos hace bien y despertar nos frustra. Hoy es un ejemplo perfecto. ¿Cómo sonreír si estoy solo?, ¿cómo hablar si nadie me escucha y el que lo hace no me responde, y quien contesta no me habla a mí?, ¿cómo estirar mi mano, a dónde?
¿Sabes? Hoy caminé apoyado en un bastón, ¡creo que la edad se ha acumulado demasiado en dos noches! Caminé por las calles que frecuentábamos y algunas casas tenían las puertas abiertas. Llegué tan sólo a la esquina de la avenida grande e inmediatamente después di un rodeo para regresar a casa.
¿Sabes? Estoy escribiendo sentado en la silla de mi viejo escritorio, y de vez en cuando volteo a ver la cama que espera fría por mi llegada. Te confieso que me gusta dormir más, porque así puedo soñar y llenar mi vacío. Y sueño que estoy en la cabaña donde me obsequiabas un café, donde juntos escuchábamos cómo la montaña nos decía sus secretos y el río a lo lejos arrullaba al bosque entero, y es que, a veces, soñar me hace bien.