domingo, 22 de junio de 2008

¡Avisos de ocasión!

¡Hola a todos, un fuerte abrazo!

Bien, pues ahora les quiero comentar que en la barra lateral hay una sección de videos. En ella por el momento hay sólo dos: el primero, que ya tiene un buen rato pero no lo habíamos presentado, es de Fernando Delgadillo, y lo grabamos cuando estuvo el 22 de mayo de este año en el Auditorio de la Normal Veracruzana. El segundo, que acabamos de subir, es de un canto mío, de los que están en el reproductor también en la barra lateral, y se llama "Nada". Ary me hizo el favor de convertirlo en video -¡cosa que le agradezco muchísimo!- y ahora se los dejamos por aquí.
Entre una miniatura y otra de los videos hay 30 segundos, así que eso es lo que deben esperar para seleccionar ya sea el primero o el segundo.

Muchas gracias, y esperamos que les gusten como a nosotros.

Un saludo desde este mundo de palabras.


ATTE. Sergio Pérez Portilla.

Espera


Te quiero escuchar
Sergio Pérez Portilla

Tu silencio es un muro que intento derribar con miradas sinceras, y por momentos lo veo temblar, a punto de caer y romperse en mil abrazos. Quieres historia, y eso te ofrezco. Mis promesas son palabras que el viento guardará mientras llegan a tus oídos, y tus preguntas me han hecho recapacitar. Pero ahora callas, esperas, caminas, suspiras. Nuevamente el muro tiembla.
Al fin te decides y me regalas tu alma a través de tus ojos. Lo has pensado mucho y ni así sabes cómo empezar. Déjame ayudarte. Dime que hay afuera de la casa un árbol que crece y crece, dime que las escaleras comienzan a despintarse, dime que el cielo está encapotado y que empieza la tarde a refrescar, y luego, mirándome con esa complicidad de siempre, dime que me perdonas de verdad.

lunes, 16 de junio de 2008

Nocturno, nocturno

Presentación estelar
Sergio Pérez Portilla

Anoche te busqué, asomado en la ventana, la cortina corrida y mis manos entrelazadas. Volteé hacia arriba y una nube pasaba justamente frente a ti. Esperé un momento, y aproveché para imaginar que al salir de detrás del telón grisáceo lo hacías cantando y sonriendo, y por momentos bailabas. Te imaginé con tu eterno traje de gala, el blanco perlado; llevabas un prendedor pequeño, pero no pude verlo bien.
Así estaba, con los ojos alegres, cuando un telón de color gris se abrió, y saliste cantando mientras sonreías con dulzura y con candidez, y bailabas lento, muy lento. Llevabas tu traje blanco perlado, brillante, y toda tu faz perfecta, iluminando hasta el marco de mi ventana. Volteé, al ver un ligero brillo, y vi que llevabas un prendedor: era una pequeña flor dorada, una hermosa flor dorada.

domingo, 15 de junio de 2008

Entre orilla y orilla

El puente
Sergio Pérez Portilla

Al otro lado del puente me espera el camino que conocen mis pies y los pies de los míos, el camino que conoce tardes de ayer y madrugadas de hoy. Al final de ese camino está la puerta de mi casa.
Apenas siento en mis mejillas la caricia del viento y ya todo está lleno de la fragancia de los azahares. Quizá las aguas que corren discretas por debajo del puente no sepan que aquí estoy, quizá avancen cansadas en una marcha sin tiempo, quizá sólo quieran llegar ya a su destino, como lo quiero yo.
Mi paso es firme, seguro, y provoca un vaivén que hace sonar los tablones en sus coyunturas, pero no temo, conozco este puente y él me conoce a mí. Avanzo, y mientras cae la tarde, empiezo a canturrear.
Hace ya muchas lunas que cruzo este puente, hace ya muchas lluvias que me embriaga el cruzarlo, hace ya muchos pasos que él conoce mis pies, y los pies de los míos.




jueves, 12 de junio de 2008

Rojo

Rojo
Sergio Pérez Portilla

Se acerca la medianoche: el silencio empieza a ser más denso; la oscuridad, fresca, constante e imperturbable; los sueños, gaviotas que se elevan sobre la mar. No hay ronda ni estrellas, la luz de la ciudad las opacan. Hay un cierto olor a desconfianza.

Una manta cubre a un hombre, y sólo unos periódicos lo separan del piso.
Los autos, cada vez más veloces y cada vez en menor número, semejan cigarras con su motor, jadeos con sus llantas, susurros con su partida. Allá, sobre la acera, recargada en una pared, una mujer enciende un cigarrillo mientras saluda a alguien. El semáforo cambia. Nos vemos luego.

martes, 10 de junio de 2008

Memoria


Carta al atardecer
Sergio Pérez Portilla

Escucho música de mi juventud, música que me hace recordar momentos alegres, tristes, lacónicos, constantes, con inviernos y con sueños. Nunca me pregunté qué sería de mí al llegar a esta edad, y si bien no lo hice, hoy me alegra ser quien soy.
Tengo lo necesario para vivir, tengo hijos y nietos, tengo una montaña de papeles que esperan mi memoria, y tengo una estrella para cada uno de mis amigos.
Tengo un lugar que me recibirá cuando el cansancio de mi cuerpo y la plenitud de mi espíritu me inviten a ausentarme de estas tierras y estos cielos.
Tengo el color blanco en mis cabellos y en mi conciencia, pues supe disculparme a tiempo y a destiempo.
Tengo la piel marcada por las sonrisas y preocupaciones, por las lágrimas de bien y de mal, si es que así se puede llamar.
Tengo saldos en orden, sin deudas que me reclamen. Pagué lo que debía y a veces me di el lujo de dar un poco más, ¡cómo disfruté esos momentos!
Imagino que tú también tendrás muchas cosas que contarme, así que esperaré tu respuesta. Escríbeme, me gustaría mucho saber otra vez de ti, como ayer, cuando escuchábamos esta música de nuestra juventud.

jueves, 5 de junio de 2008

Un minuto más

Años y polvo
Sergio Pérez Portilla

Las hojas del tercer libro parecen cargar, además de años y polvo, con un sinfín de melancolías. Tres décadas de pertenecer a esta familia y ha visto sin ver cómo crecen los hijos y se hacen padres, y ha oído sin oír las voces de recién nacidos y los llantos de los adultos que los cargan.
Se habla de los muebles, de las cunas que han sostenido a todos los miembros del clan, de la mesa que ha recibido invitados a cumpleaños y velorios y navidades y mayos y abriles…
Sí, se habla de ellos, pero se olvida a los libros, y entre ellos al tercer libro, el que está permanentemente abierto, viendo, escuchando, y queriendo hablar. El libro que carga con años, polvo y melancolías.

lunes, 2 de junio de 2008

Compañera

Compañera
Sergio Pérez Portilla

Me gusta escucharte, señora, disfruto mucho de tu voz. Me gusta escuchar la cálida y húmeda sinfonía de tu amanecer: el rocío que ha bañado delicadamente las hojas, el suelo, las ventanas, y que ahora empieza a unirse al aire que respiro, canta en un murmullo. Está también el trino de madres y padres y jóvenes inquietos que se desperezan y emprenden el vuelo y, después de un primer intento, se alejan para luego volver a casa, a su hogar. Las ramas se unen y con movimientos a veces imperceptibles redondean la función. Un sinfín de susurros de insectos, un silencio…
Me gusta verte, señora, disfruto mucho de tu presencia. Tu faz, tus enojos, tus llantos, todo me hace ver más allá, llegar a tu origen, al momento de tu primera vez. Verte de mil colores, de mil sorpresas, de tantos sueños, de tantas eras.
Has recibido a mis ancestros en tu vientre, y los has hecho parte de ti. Algún día me recibirás y sé que juntos volveremos más allá, al momento de tu primera vez. Algún día quien te vea me verá, quien te escuche me oirá. Y algún día nacerás de nuevo, perfecta, nueva, y te volveré a habitar.

domingo, 1 de junio de 2008

Días (3)


Mañana
Sergio Pérez Portilla

Terminará como deba terminar. No habrá más dudas y las esperanzas ya no lo serán más. Todo será claro: habrá respuestas y sueños cumplidos. No faltará la deuda cancelada, la obra clausurada por segundas y terceras personas. El telón caerá.
Habrá gozo, gozo de verdad, gozo lúdico; el momento será eternidad, la escritura será el puente que queda ahí como signo de nuestro lugar de origen, pero nuestra comunicación será perfecta.
Voltearemos a vernos y nos comprenderemos y sabremos que ha valido la pena. Descansaremos confiados.
Será mediodía, el sol sobre todo, todo bajo él. Verdes, limpios y sanos. Azul, profundo y gigante, inmenso. ¿Temores? No, sólo sonrisas.
Dormí un largo rato, y muy de mañana desperté y empecé a caminar. Justo ahora espero, mas sé que falta poco. Ya casi es mañana.

viernes, 30 de mayo de 2008

Días (2)

Ayer
Sergio Pérez Portilla

Tomé el cofre entre mis brazos, como si recién hubiese nacido. Lo llevé a un lugar iluminado, y con reverencia lo abrí. Había papeles y joyas, y un par de artículos que seguramente en su momento fueron importantes, pero ya no. Leí lo que una hoja de color azul contenía y reflexioné cada una de las palabras; las releí, las volví a reflexionar y por la mitad doblé el papel. Lo guardé para después.
Volteé y observé una de esas joyas. No era ostentosa, pero su valor era evidente. La guardé en el bolso de mi camisa para usarla en otro momento, quizá mañana.
Es de noche, he pasado un largo rato en este lugar leyendo y guardando. Pero también he desechado un buen número de esos artículos. Ya no sirven y ya no me dicen nada. Perdieron su valor práctico y el simbólico también.
Este cofre yo lo llené hace mucho, cuando era más joven. Lo llené hace tiempo, lo llené ayer.

jueves, 29 de mayo de 2008

Días (1)

Hoy
Sergio Pérez Portilla

He encontrado un refugio, algo así como una sombra entre tanto sol, como una fuente en tierra árida, como un silencio en medio de todas estas voces, como unos brazos amigos, maternales, sinceros.
Sí, es cierto que siempre lo busqué, pero también lo es que no sabía que sería así. A cada paso me abandoné un poco más, y me sentí cada vez menos inquieto, menos preso, menos temeroso.
Quizá no deba arriesgarme tanto, pues me estoy dejando llevar por la fruición. Quizá debería ser más receloso, un poco más precavido, un tanto más incrédulo. Quizá. Pero bien podría también darme todo y, sin más, disfrutar cada momento. Tal vez.
He encontrado un refugio, y me gustaría decirte dónde está, qué es, pero si lo hago, vendrías y me encontrarías con el alma desnuda, cantando mis sueños, dibujando mi mañana, durmiendo mis semillas. No, no soy egoísta. Para ti tengo un lugar especial, un lugar que podemos compartir, una historia que vamos construyendo. Pero siempre es bueno tener, además, un refugio donde se pueda reflexionar, orar, pensar en ti, en él, en los demás. Hoy lo encontré.



miércoles, 28 de mayo de 2008

Reflexión

Vida
Sergio Pérez Portilla

El deseo de soñar con lo que amo. La sensación de haber hecho lo que debía. Los cien rostros sin nombre que vi hoy. Las cartas que leí y que me hicieron fantasear.
Un camino del que conozco su principio y su final, pero no sus vueltas y recovecos. Una palabra que dice mucho, y cuanto más la pienso dice más, y cuando la digo lleva ya parte de mí. Unas manos que se estrechan sin reparos. Unos niños con los ojos abiertos, con la boca sonriente.
Ayer, mañana. Cenit y nadir. Lluvia, lluvia, lluvia.
¡Lo sé, lo siento! ¡Estoy vivo!



domingo, 25 de mayo de 2008

Breve

Luz y humedad
Sergio Pérez Portilla

Es una delicia verte ahí, adornando el cielo, tocando las nubes, empapado y sublimado. Colores, curvas, principio, mil fines, pero todos escondidos.
Eres un apátrida, pero eres de todos y para todos.
Eres, definitivamente, la mejor sintonía, combinación excelsa y eterna, arte sin tiempo.
Es, sin más, una delicia verte ahí, verte ahí.
.

Artículo

Artículo que se publicó en la página semanal de Concilio, en el Diario de Xalapa, el 25 de mayo de 2008.

El hombre y la comunidad
Sergio Pérez Portilla

La dimensión social de los hombres no es una característica externa sino interna, es parte de su naturaleza. Decía John Locke que en el hombre no sólo están la inclinación y la necesidad de relacionarse, sino el instrumento necesario: el lenguaje. Los hombres no se reúnen, entonces, por arbitrariedad sino por necesidad libre.

Diversas formas de asociación solventan el hecho comunitario: asociación familiar, escolar, religiosa, política, de amistad, entre otras. No es bueno que el hombre esté solo, porque solo no puede alcanzar su plenitud integral. El hombre que se desarrolla intelectual, biológica y psicológicamente, debe también desarrollarse comunitariamente, y al hacerlo adquiere un buen número de compromisos con la misma comunidad. El respeto es primordial en este ámbito, así como el cumplimiento de lo que le corresponde hacer. La comunidad crece en calidad mientras lo hacen los individuos que la conforman, y mientras éstos dan la apertura a la relación que se perfeccione día a día.

El lenguaje, por su parte, es instrumento y vínculo de la sociedad (seguimos aún a Locke). Cual instrumento podría calificarse como opcional, pero no es así, sino que es el instrumento necesario para que se establezca la relación. Es vínculo también, porque no sólo ayuda a crear relación sino que él es en sí mismo relación. El hombre hace y debe hacer uso del lenguaje para relacionarse. Si ampliamos y generalizamos el concepto del lenguaje, podríamos decir que lenguaje significa comunicación, por lo que habría que decir también que la comunicación es indispensable para que cualquier sociedad subsista, y esto ya es más claro, más evidente.

Aun tratándose de una necesidad imperiosa, toda sociedad nace de la libertad misma del hombre. Es él quien acepta pertenecer a una sociedad específica. Quizá haya alguien a quien se le dificulte admitirlo, poniendo como ejemplo que nadie decide dónde nacer, y la cultura nacional es la que rige en gran medida lo que el hombre es y hace, quitando así la libertad. No es así. No lo es desde varias perspectivas: la primera sería el hecho de poder hacer asociaciones más pequeñas que busquen el cambio de esa asociación de asociaciones. Es el aspecto social, político, de hombres y mujeres. Así, siempre habrá opción de cambio de sociedad. En las demás comunidades, las pequeñas y más visibles del hombre, es más fácil de observar que cada uno de nosotros elige sus amistades, sus centros de reunión o sus preferencias religiosas.

sábado, 24 de mayo de 2008

Pasos


El lago
Sergio Pérez Portilla

El suspiro de las luciérnagas que se esconden aquí y aparecen allá, los chapoteos de habitantes inquietos e insomnes, la orilla de tierra mojada, grillos cantando… un lago.
El trino de vivaces plumas danzarinas, el olor a rocío, a hierba, a tierra despierta, mojada todavía, y todavía definiendo, grillos saltando… un lago.
Una hora exacta con el sol sobre ella, una sombra justo bajo el follaje, una pisada y un camino, tres segundos, cuatro, cinco, ya está. A la derecha recuerdos, a la izquierda fantasías, sin mentiras, sin dobles sentidos, sin preparativos. Lago de poca profundidad pero amplias perspectivas. Aviento una piedra y rebota en tu piel dos veces, y la haces tuya.
Lago de agua templada, de agua clara, lago que no defrauda.

lunes, 19 de mayo de 2008

Desconocidos

Añoranza
Sergio Pérez Portilla

La hierba está inquieta, presagia tempestad, manifiesta cambios en la pradera. La perspectiva rasa de las hormigas, pequeños puntos y comas que avanzan y siguen un camino trazado por un lápiz invisible, por plumas de gansos y de cisnes de sangre negra, no es menos cierta que la del halcón que se pasea en la espuma aérea. Ambos tienen la razón.
Cae, allende los últimos argumentos de este llano, la rama de un árbol. Aquí, en la pradera, nadie lo notó, ningún ojo la vio temblar, ningún oído la escuchó crujir, nadie la va a extrañar. Y sin embargo, ahí estuvo. Fue, pero ya no es.
La hierba empieza a sosegarse. Ha pasado la tempestad.

jueves, 15 de mayo de 2008

Uno más

Somos
Sergio Pérez Portilla

Cantar sin tregua, caminar sin descanso, reír con ganas y callar de vez en cuando. Así, sin libretos que tengan tu nombre o el mío, y las indicaciones entre paréntesis de cómo debemos actuar. La actuación quiere imitar la vida que es espontánea, original, simple y compleja. Así, sin rollos que retengan en un negativo hasta lo más bueno, y que después revelen hasta el más pequeño secreto. Sí, así.
Así, perenne, inmutable, cambiante, efímero. Me cuesta creer que así somos… no es cierto, no me cuesta. Me parece increíble, sí, pero si yo mismo soy signo de la intimidad vital, del silencio que escucha, del hoy que florece, ¿cómo dudar?
Así, sin más. Así, sin menos.

domingo, 11 de mayo de 2008

Mirando

Y fue
Sergio Pérez Portilla

La verja de la casa de los abuelos nunca estaba cerrada. El portón metálico y frío de mi casa en la ciudad sí. Allá, en la casa de los abuelos, cuando caía la tarde, se reunían a charlar los vecinos, a tejer las mujeres, a jugar los niños. Acá, en mi casa, todo el día debe mi puerta permanecer cerrada, y cuando oscurece debo tener más desconfianza.
El camino a la casa de mis abuelos no es la vieja rodada que toma a la derecha en el olmedo, después de pasar la piedra grande. El camino a la casa de mis abuelos es el recuerdo que se hace vida, no la vida que se hace recuerdo. Porque no avanza el camino, avanzamos los caminantes. Porque el pasado que se hace presente sin hacerse maestro es tierra estéril. Algún día mi casa será llamada casa de los abuelos, y sólo espero que nadie la añore como hoy hago yo.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Marino

Narval
Sergio Pérez Portilla

Me sorprende tu palidez, me entusiasma tu misterio. Mientras bogo mar adentro en tu historia, a la vez que me pierdo en el horizonte azul del porvenir, voy creyendo que te veré. Ancestral habitante de los mares fríos, has dado a mi mundo fantasías, has brindado seguridades y temores, has visitado noches con tus motas y tu perfil.
Por ti creo en los unicornios de la tierra, por ti creo que debo creer en ellos. Por ti, unicornio de las aguas; por ti, ola e isla.
Pero no es tu cuerno, sino tu diente. No es tu pelear, sino tu sentir. No es lo liso, sino el caracoleo de tu marfil. Amigo, puedo verte. Puedo verte desde tu historia y en el porvenir. Puedo verte cabalgando hacia mí, fantasmal, crédulo, enorme, cierto. Puedo verte, puedo…


lunes, 5 de mayo de 2008

*~~*


Tiempo después
Sergio Pérez Portilla

Cerca de la barda está el olmo donde descansaba y me refugiaba en los días de sol. Ahí conseguí mis primeros besos de adolescente, y ahí planeé las mejores travesuras que recuerdo. Allá, colina abajo, sigue el arroyo como antaño, corriendo veloz y serpenteando entre guijarros y troncos húmedos.
Los años pasan, el cielo se reviste de blanco, de gris, incluso se desnuda en el estío. Los montes permanecen en el mismo lugar. La vieja calle se ve remozada por la pintura y por las casas que se vuelven tiendas y las tiendas que se vuelven casas, se ve remozada por los cambios.
Conozco a los papás, no a los hijos, que van caminando. Los tengo en mi mente cuando ambos éramos niños y caminábamos con nuestros padres.
Me detengo y bajo del auto. Contemplo, volteo, sigo serio. Cruzo los brazos y me recargo en la portezuela. He vuelto al pueblo que me vio crecer.

martes, 29 de abril de 2008

Después

Después
Sergio Pérez Portilla

La calidez de la playa a la hora de las estrellas inundaba la choza de la mujer que, sentada en una hamaca, cantaba con las olas. La brisa salada y fresca acariciaba su rostro, su pelo negro y largo, y recorría su cuerpo con delicadeza, sin prisa, firme, firmísima. La luz de la media vela sobre la mesa no era suficiente para toda la habitación, pero tampoco necesaria, así que no se preocupaba por ella.
Su canción era lenta, y su voz dulce la hacía parecer como ave lejana. Sus ojos estaban cerrados, pero ni dormía ni intentaba hacerlo, sólo quería cantar y estar disfrutando de la noche. Una estrella fugaz se reflejó en el oscuro mar, pero ella no la vio, aunque, como si lo hubiera hecho, sonrió y continuó con su melodía.
Quien hubiera pasado por ahí, habría jurado que era el canto arcano de las sirenas, sirenas que aprovechando la tranquilidad de esa noche habrían salido a cantar, a jugar, a ver. Así pasaron 20 minutos, y cuando la vela se consumió, ella abrió los ojos. Calló. Se levantó pausadamente y se dirigió sobre la arena a la orilla del mar, con paso decidido. Abría más los ojos, como si quisiera hacer suya cada cosa que había alrededor. Se detuvo unas cuantos metros antes de llegar, se agachó y estiró la mano, y a tientas buscaba algo, pero seguía volteando al reflejo de la luna. Lo encontró. Se trataba de un tronco delgado, pequeño, con forma de bastón. Lo tomó en su mano, sin voltear nunca, y comenzó el regreso.
Junto al lugar donde estaba el bastón, había una especie de duna. Desde ahí se podía escuchar la tierra, oler el mar, sentir el tiempo. Desde ahí, también, se pudo ver a la mujer de la voz dulce regresar a su choza, entrar a la misma, y encender una nueva vela.
Se escuchó su nombre, se intuyó su corazón. Después, un abrazo. Después, un hasta mañana.

sábado, 26 de abril de 2008

Sólo uno

Para siempre
Sergio Pérez Portilla

-Tengo frío.
-No te preocupes, te abrazaré y ya no lo sentirás.
-A veces siento el frío por la noche, pero hoy la noche está llegando a nosotros por el frío.
-Yo te abrazaré, y nunca más lo sentirás.
-¿Puedes hacerlo, puedes hacer que no lo sienta más?
-Sí, o al menos lo intentaré; ven, acércate a mí.
-Sigue llegando la noche.
-Déjala, que es parte de ella ser oscura y rodearnos con esa oscuridad.
-Creo que dormiré.
-Sí, duerme. Yo dormiré a tu lado y seguiré abrazándote… para siempre.



Este escrito está inspirado en el hallazgo de unos arqueólogos italianos al norte de la ciudad de Mantua en el 2007: una pareja sepultada hace 5000 ó 6000 años, con la peculiaridad de que estaban abrazados. Extraño, pero muy interesante.

jueves, 24 de abril de 2008

Otro escrito


Reflejos
Sergio Pérez Portilla

Vamos conociéndonos. El tiempo es lo de menos, no sabemos si nos queda más o menos, así que aprovechemos para compartir el interior, pues ya compartimos un lugar, vereda que nos acerca y avenida que nos aleja.
Dime, si no tuvieras nombre, ¿cómo debería llamarte? ¿Con qué debería identificarte, qué describe tu esencia? Sin duda no te llamarías tú, aunque para mí lo seas, un tú.
Dime, si no tuvieras padres, ¿quiénes te habrían procreado, cuándo? ¿Los escucharías, escucharías sus palabras de experiencia?
Dime, que quiero conocerte, quiero escucharte y que me escuches, que me conozcas.

miércoles, 23 de abril de 2008

Escrito

Esperanzas (2)
Sergio Pérez Portilla

Me senté en una piedra grande y vieja que estaba a un lado del río. Hacía frío, y mi chamarra verde y gruesa no alcanzaba a brindarme el calor suficiente. Miré mis botas y las vi gastadas. Vi la hora y comencé a esperar…
Cada día camino por mucho tiempo, a veces conozco mi destino y otras simplemente peregrino. Pensaba hace poco establecerme en una aldea, grande y hermosa, con árboles y con mucha gente de rostro amable, pero sentí la necesidad de seguir andando. Tomé al amanecer mis pocas pertenencias y seguí bosque adentro.
Mientras avanzaba, recordé las palabras que dijo un sabio hombre con aliento alcohólico: es bueno saber esperar. Claro, lo decía por la fermentación de las frutas que le permitían deleitarse abundantemente, pero mi espíritu supo leer la verdad que estaba en sus palabras.
En esta piedra estaré unos momentos, esperando. Después, después caminaré y descansaré, saludaré a quienes vea y pensaré en los que no, oraré por ambos. Y cuando tenga que esperar, lo haré sin excusas. Siempre habrá buenas piedras donde pueda sentarme, ver la hora, y comenzar.



jueves, 17 de abril de 2008

Despertares

Visita
Sergio Pérez Portilla

Algunos creen que venir hasta aquí es una pérdida de tiempo, que si puedes escucharme lo harías en cualquier lugar, menos en este. Otros, ya sabes, dicen que simplemente ya no estás. Para mí no es así, pues aunque sé que te has marchado, también sé que no nos has abandonado.
Ayer arropé a nuestro hijo, y le hablé de ti, le dije que recordara lo que le habías dicho. Nunca le dejaré de hablar de ti, lo sabes, ¿verdad? Estos días han sido tremendos: trabajo, escuela, nuevos y viejos amigos, ¡cómo me gustaría que los conocieras!
Me han recordado que pronto se cumplirá un año de tu vuelo hacia tu verdadera casa, y a veces me parece que ha sido más, pero otras aún creo que estás a mi lado. Te extraño.
Debo irme, pero aquí dejo tus lilis. Cuando gustes, cuéntame cómo estás, dímelo con el viento, con las aves, con las estrellas. Dime qué se siente despertar a la verdad.
.

martes, 15 de abril de 2008

De noche

Paciencia y prisa
Sergio Pérez Portilla

Te escucho ulular, te busco y después de unos instantes te veo ahí, esperando con paciencia. Señoreas con garbo y delicadeza, con elegancia y sin desdén. Ave nocturna de grandes ojos y andar pausado, ave de sueños, de limpias plumas y grandes alas.
Aprisionas la rama que te sostiene mientras miras a un lado y a otro. Buscas, escuchas, volteas, vuelves a buscar. Es probable que te estén esperando, que el viento no sople, que la noche te pierda, que la luna se esconda, que la rama no cruja y que sigas buscando.
Yo tengo que partir, sólo iba de paso. Mi casa está allá, a tres calles y cinco puertas. Te veo, me ves, y sigo avanzando. A lo lejos volteo, y a lo lejos tú sigues buscando.

lunes, 14 de abril de 2008

Vuelos

Amiga del color del mar
Sergio Pérez Portilla

Van cayendo las hojas y la lluvia, sigue hablando el silencio. Breves sorpresas se confunden con deseos de niños, la puerta abierta, muy abierta, demasiado. La calle mojada, el ciprés tan lejos, el color muy vivo y el camino viejo. Toda armonía resulta paradójica, lo bello pierde sentido y el frío no se va con un abrazo. Así es tu despedida.
No lo digas, pues quizá no puedas cumplir tus promesas. Quizá tus fantasmas no vengan contigo o peor, quizá tú no vengas con ellos.
Sé que debes partir, pero que lo entienda no significa que lo quiera, que lo apruebe. Vamos, ya debes irte, emprende el vuelo, y nunca te olvides de mí. Nos vemos pronto, mariposa,
maris coloris amica.
.

jueves, 10 de abril de 2008

Cambios


Esperanzas (1)
Sergio Pérez Portilla

Salvaje tierra de fino polvo y arbustos siempre secos, siempre secos. Alcanzo a ver cómo te extiendes kilómetros sin regalar un lugar de descanso, cómo abrigas alimañas y cómo juegas con el horizonte. Madrigueras y cuevas, serpientes solitarias sin sentido de pertenencia, viento incendiado que no refresca ni renace ni hace renacer. Nocturno imposible de siempres y nuncas, gélida oscuridad, llegas a los huesos y recuerdas viejas heridas mientras haces otras nuevas.
¡Levántate, si quieres vivir! ¡Alza tus brazos, despierta milenaria y baja tu calor diurno! Deja que renazca el viento y que refresque, abre tu vientre y permite que fluya la vida, vida para ti y para los otros, deja que fluya, que fluya, que corra, que fluya. Voltea al azul cielo y clama, no, invita, sí, invítalo a tu banquete de verdes y líquidos.
Suave tierra de finos musgos y arbustos siempre verdes, siempre verdes.


.

lunes, 7 de abril de 2008

Deberes

Trovador

Sergio Pérez Portilla

Oigo el agua que corre nerviosa e impaciente, golpeando rocas y juncos, despertando canciones y trinos. Me acerco a su cauce y escucho sus latidos, la toco y mi mano percibe su fría delicadeza, su algarabía, su novedad eterna. Mis pies descalzos se adentran y tocan la tierra que se levanta feroz y ennegrece el lecho, me quedo estático unos segundos y observo las piedras por las que me es preciso andar. Salto. Soy un hoy.

Oigo las hojas que se golpean unas a otras amainadas y avivadas por el viento del nortesur, el de los pastizales y bosques, el de las aves. Escribo un verso inspirado en la corteza del viejo árbol que rige todo el bosque y que desde lejos vi. Se parece mucho a Su majestad: fuerte, grande, firme. Sigo adelante. Sólo soy un hoy.

Las primeras casas, con sus muchos niños y sus pocas pertenencias, me indican que ha llegado el momento. Debo prepararme para compartir mis sueños y la verdad, pues aunque no muchos me esperan, todos sabían que vendría. Para ellos, siempre fui un mañana, para mí, siempre soy un hoy.

jueves, 3 de abril de 2008

---

Espera y llegada
Sergio Pérez Portilla

El cálido olor del café en el fogón llegaba hasta la puerta que golpeaban, y la anciana se levantó tan rápido como sus huesos frágiles le permitieron. Sabía quién era, lo había esperado desde hacía mucho, las heladas y las lluvias llegaban y volvían a irse; las gallinas empollaban una y otra vez y él no venía; el piso de tierra se agrietaba y las paredes de tabla parecían enflacar, pero no había señales del esperado. No había, hasta hoy.
La casa, junto con otras más o menos lejanas, hacía de la sierra un refugio de recuerdos, huerto de sueños, canción de cuna y de mortaja. Las laderas veían al sol naciente, pero le daban la espalda al ámbar rojizo de la puesta.
Ni siquiera volteó a ver la luna, blanca y enorme, que la ventana enmarcaba; ni eso ni los ladridos la distrajeron, tan sólo quería abrir la puerta, y ver a su hijo.