sábado, 10 de noviembre de 2007

Un par de minicuentos...

Iré subiendo de vez en cuando minicuentos, o no sé cómo llamarlos. Aquí están dos.

De momentos
Sergio Pérez Portilla
Tropecé con ella mientras bajaba las escaleras de mi departamento. Fue un segundo, pero me pareció que eran mil, ¡un momento, creo que fueron mil y me pareció tan sólo uno!¡Un momento, no tropecé con ella, ella tropezó conmigo!¡Un momento, yo no vivo en ningún edificio de departamentos!¡Un momento...!

Por qué
Sergio Pérez Portilla
He aprendido que la vida no es juego, y si lo es, es uno que no sé jugar, y si lo sé, es uno en el que nunca he podido ganar, y si he podido, he ganado haciendo trampa, y si la he hecho, siempre me ha ido mal. Por eso aprendí que la vida no es un juego.

lunes, 20 de agosto de 2007

Un pequeño cuento, que me gustó, sí, me gustó.

La casa
Sergio Pérez Portilla

No faltó, en realidad, nadie de los que debían venir, pues quienes estaban no eran sólo aquellos que podían, sino aquellos que quisieron, y queriendo, llegaron a ver a su amiga, su compañera, su sonrisa y su pan. Cada vez que se escuchaba el timbre, los que estaban dentro se miraban entre sí como preguntándose, y volteando como si no quisieran saber la respuesta. Quien llegara era bienvenido, así fuera el amigo fatuo o el pueril, la amiga que entendía lo lúdico de todo momento, o la que pensaba de más, y de más se consumía. Pero allí estaba en un lado del cuarto ella, la que los había convocado, la causante de aquella improvisada reunión. Las cosas nunca salen bien cuando se planean, solía decir, por eso era mejor improvisar. Improvisó siempre, improvisó sus caricias, sus sonrisas, sus enojos, e improvisó incluso su razón.
Afuera, afuera estaba el sol. El sol nunca sabe nada, nunca sabe de alegrías o de tristezas. Es testigo que no habla, ojo que no ve, luz que prodiga calor y cela su tiempo, es el eco de las voces, pues nunca retiene nada de los otros para sí y todo lo regresa una y otra vez. Y con él, la calle y los autos. Y con ellos, las personas que no debían venir, las que aun sabiendo no habrían venido, y aun queriendo, no habrían encontrado la justificación, ninguna justificación.
Después de las seis ya no llegó nadie. Todos los que debían venir, ya estaban adentro.

viernes, 20 de julio de 2007

Un escrito breve...

De hace unos meses, más o menos.

La sombra de tus manos
Sergio Pérez Portilla

para Diana Lidia
La mayor parte del día la he pasado pensando en ti, para bendecirte o para intentar olvidarte, para escucharte con el eco de tus ideas o para callarte con cada una de mis amenazas. El más pequeño cambio en nuestro ritual hace que me dé cuenta de lo mucho que te extraño, pues no estás cuando te corresponde hablar o cantar o callar o escuchar, no estás para estar, ni para hacerme estar con tu salida de ti, cuando te haces yo.

Resulta que la vivienda y el día son exactamente iguales que ayer, con sus nubes y sus paredes pintadas, cada cual, mas no respectivamente. El agua tarda lo mismo en salir de la regadera, incluso lo mismo en mojar todo mi cuerpo. Lo que ha cambiado ha sido la perspectiva, pues no es lo mismo mojarme que mojarnos, ni ver las nubes a que tú seas mi estrella. Las nubes son las mismas, yo no. El agua es igual, tú no. Tú mantienes ese algo que me encanta y me deshace, y me hace salir de mí para ir a ti, pero nunca eres igual, nunca has sido una máquina sin evolución ni revolución. Tú eres tú, pero nunca eres la misma, siempre hay algo nuevo en tus ojos y en tu olor, nunca te estancas, aunque no fluyas de continuo. Por eso cada día contigo es un nuevo día, no un día más.

Lo que resta del día quiero pasarlo contigo, pensando en ti, pero también pensando contigo; hablando de ti y contigo; sonriendo por ti, por tu misma risa y por tu silencio ante la mía. Lo que resta del día quiero poner mi cabello en la sombra de tus manos, y poner la sombra de mi amor en tus labios. Lo que resta del día debe valer más que la mayor parte de mi vida.

miércoles, 17 de enero de 2007

Las palabras son ideas que a su vez requieren de más palabras para expresarse, requieren de frases que definan sin limitar, que establezcan puntos razonables de comprensión sin apresar ni matar. Esto es un mundo de palabras.